Niña
me invita a viajar
quiere llevarme volando
hasta otro lugar.
La niña que fui,
no sabe de entregas,
de tiempos, de jefes
de momentos.
Ella juega hasta que la dejan
corre donde siente que puede,
anda por donde quiere andar.
La niña que fui
vive en aquellos momentos,
que para mi son recuerdos
baila sin miedo al ridículo
siente sin miedo al dolor
ama sin remordimientos.
La niña que fui
sigue en el mismo lugar
esperando
a que yo, la de hoy
me anime
y me asome a jugar
Negado
El árbol que planté
Crece alto
en el jardín
Verde, cálido, alto.
Mi hijo,
Crece feliz
en nuestro hogar
Sano, inteligente, feliz.
Y vos
Esquivo, altanero
Nunca llegás
Sembrar un árbol
Tener un hijo
Publicar un libro.
Recuerdos indelebles

Mi mamá se está por mudar de casa. Con todo lo que ello implica, es decir, embalaje de cosas, desorden, soltar otro tanto de las cosas que no entrarán en su nueva casa, abandonar el barrio, las paredes, la casa, ese lugar que era de uno.
Cuando yo me mudé, y dejé la casa de mis padres, no tuve tantos complejos ni cosas por elaborar, porque sabía que siempre podía volver. Las veces que quisiera, podía volver a mi cuarto, a mis "cosas", a los pasillos, a los ambientes y recordar cómodamente, tirada en el sillón mientras tomaba unos mates con mamá y mi hermana, mientras papi se hacía un té en la cocina. Y esa, de alguna manera seguía siendo mi casa. Lugar donde, con mi hermana, pasamos momentos interesantes, constructivos y que son definitivamente parte de nuestra historia común, compartida e individual.
Pero mi mamá ahora abandona las paredes que nos vieron crecer, que nos vieron llegar agotadas y embarradas de un partido de hockey. Las mismas paredes que cambiamos de color varias veces. Las mismas paredes que nos vieron estudiar, recibirnos y volver a empezar a estudiar de nuevo, para nuevamente recibirnos ya en nuestros campos profesionales. Las paredes de la cocina se habían transformado tantas veces en pizarras!
Lo cierto es que ayer, cuando fui hasta la casita de mis viejos, me agarró ese no sé que. Esa mezcla de alegría y de tristeza que no podía elaborar.
Con mi mezcla de sentimientos a cuestas, comenzamos a sacar cosas mías, que aún quedaban escondidas en un placard. Aparecieron mis primeras improvisaciones como aficionada a esto de escribir. Apenas tenía 10 años. Aparecieron recuerdos que había olvidado, y que agradecí a la que fui entonces, haberlos plasmado en hoja y papel.
Entonces sentí una emoción incontenible, y quise llorar. Quise llevarme como las hojas escritas, las cosas vividas en esa casa. Quise llenarme del Segundo C. Quise albergar en lo profundo de mi ser a todas las que fui ahí, a todos los que fueron.
En la casita crecimos, es donde tenemos las raíces más grandes y profundas que podemos tener como familia. Los hechos más significativos de las vidas de los cuatro, están arraigadas en las paredes.
Yo quiero escribirlos con marcador indeleble, para no olvidarlos jamás. Para tener la suficiente capacidad de no olvidarme de nada, para transmitirle a mi hijo ese amor por el Hogar.
Ahora la casa nueva de mis viejos, va a ser de ellos. Otras historias se escribirán en el alma de las paredes que la levantan. Ya no será la casa en la que viví con ellos, un poco mía. Ahora va a ser la casa de mis viejos, y probablemente (seguro!) de sus nietos.
El Segundo C en Banfield, donde se escucha el canto de los pájaros, donde hay callecitas de adoquín, donde conozco cada rincón, es un recuerdo indeleble.
El recuerdo de mi PRIMER HOGAR.