El Libro Rojo



Mi biblioteca está rebosante de libros. Rebosante en el sentido literal de la palabra. Hay libros apilados delante de otros libros. Hay libros apilados sobre los libros colocados verticalmente. Hay libros en el costado de otros libros apilados. Está abarrotada de libros. Todos libros seleccionados, porque en casa de mamá, cuando me mudé, dejé otra biblioteca abarrotada de más libros. Iclusive, en la casa de mi tía Silvi, hay cajas de libros míos.


Mi vida está colmada por libros que amo, libros que leí y quedaron guardados, libros que marqué, subrayé, doblé las puntas de las hojas, dejé notas. Libros que viví. Libros que vivo, que releo, que vuelvo a poner sobre la mesita de luz, y tal vez vuelva a leer o no. Desde donde escribo veo mi biblioteca repleta de libros, están asomándose, piden socorro. Tengo más libros sobre la cómoda, que son los nuevos y que esperan por mis ojos; y tengo un par, que están siempre sobre la mesa del living, porque vuelvo a leerlos continuamente. Revuelvo las notas de hace años, me sonrío con ellas, y vuelvo a maravillarme de lo que ya leí, como si fuera la primera vez.


En casa, de todos esos libros, hay muchos libros que son patrimonio del matrimonio, que son de los dos. Esos libros o bien los leímos juntos, un capítulo en voz alta uno, otro capítulo en voz alta el otro. O bien los leímos uno a continuación del otro. Hay libros que los leímos en simultáneo separados: por teléfono por ejemplo. Libros que nos propusimos leer un capítulo por día, cuando todavía vivíamos cada uno en una casa, para después hacer los comentarios por chat o mail. Y libros que leímos cada uno por su lado, y le recomendamos al otro, cuando éramos amigos. Esos libros son especiales. Tienen historia escrita dentro de sus páginas, e historia propia para nosotros. Tienen un significado supra literal. Con algunos libros crecieron códigos internos de nuestra vida en común, y también con muchos de éstos libros crecieron semillas internas en cada uno de nosotros. Generaron cambios, charlas profundas, puntos de vista y nuevas teorías acerca del Hombre.


Entre estos libros, está el Libro Rojo. En realidad, es un libro de Jorge Bucay, que se llama "El Camino de la Autodependencia. Colección Hojas de Ruta". Pero para nosotros, es el libro rojo. Su encuadernación, obviamente nos ayudó con el nombre. Tiene las tapas rojas, con una foto de una ruta rodeada de árboles. Y lo perdí. Perdí nuestro libro Rojo. Y lo que me enfurece es que éste libro que quiero recuperar, es irremplazable. Quiero recuperar este libro por la historia que tiene para nosotros. Comprando otro del mismo título, no sería comprar otro igual. Por que no tiene otro igual. Es úncio.


De hecho, ya no editan libros rojos con este título. Las ediciones de ahora, son de tapas blancas, con dibujitos pastel. Dejaría de ser el libro rojo. Además, no tendría las marcas de sus páginas de todas las veces que lo leí. Y de las veces que lo leímos juntos. El libro Rojo tiene historia, y esa historia para mi tiene un valor incalculable. Tiene las hojas escritas con notas que dejé para charlarlas con Lucas, cuando él aún siendo el amor de mi vida, era mi mejor amigo, con el único que podía comentar estos libros. Está impecable, casi parece nuevo. Lo compré en una librería que ya no existe, pero que me proveía de todo el material que devoraba. Es la 27ª edición, y es del año 2002. No se pudo haber perdido semejante libro. No puede. Simplemente, me niego.


Me abalancé sobre la biblioteca por cuarta vez en el día, y casi la 27ª vez en una semana, decidida a encontrarlo. En medio de la búsqueda, Lucas me regaló la versión en ebook, con un mail hermoso para San Valentín. Hablamos toda la semana del Libro Rojo. De lo que decía. De lo que nos acordábamos. De las ganas de volver a leerlo. Teníamos presente el Libro Rojo, pero no aparecía por ningún lugar. Y yo necesitaba volver a leerlo, volver a ojear las esquinas dobladas. Quería nuestro Libro Rojo. Revolví la Biblioteca de punta a punta, encontrando los otros libros de "Hojas de Ruta" que dejé bien a la vista, para que el Libro Rojo, si se había perdido, encontrara a sus compañeros. Tuve en la mano durante un rato la versión en inglés de Peter Pan, otro libro adorado. Seguí con "Othello" en inglés original, pasé por la primera edición de "Harry Potter y la Piedra Filosofal", mimé "El embarazo Musical", limpié "El Don del Águila", reacomodé "El Médico" y "Chamán" que aún tienen el calor de mi última lectura, y que estaban casi cayéndose de un estante. Me reencontré con "El Alquimista" y ví por encima cuántas páginas había doblado. "Ilusiones" se asomó, y me pareció ver el biplano de Shimoda, blanco y dorado, sobrevolándome. Con "el puente hacia el infinito" crucé de estante y recordé que de ahí viene mi sobrenombre en casa. "Un tal Lucas" me hizo un guiño y dejó al descubierto la única foto que tengo del adorado Eros, mi gato siamés. "Toda Mafalda" se agita cerca, y sin querer, cae en mis manos. Lo abrazo y releo la dedicatoria, que me emociona como la primera vez.


Acaricio a mis libros amados, que me esperan. Que esperan por mi, hasta que yo vuelva a leerlos. Les hago un mimo en el lomo, los acomodo y me despido hasta la próxima vez que nos toque encontrarnos. Sigo buscando mi Libro Rojo.


Un CD cae desde el primer estante, un libro que lo contenía se habrá entreabierto para dejarlo salir. Sigo el recorrido con los ojos, intentando agarrarlo al vuelo. El instinto me lleva a estirar la mano hacia adelante, estirando los dedos para agarrarlo. No llego, pero en el impulso, lo hago rebotar contra uno de los estantes, justo antes de que detenga su caída, en el suelo. Justo ahí lo veo, lo encuentro. Ahí está mi Libro Rojo. –"¡Ahí estás!. ¿Dónde te habías metido?"- Salí gritando de la habitación, con el libro Rojo en la mano, con aire de victoria, apretándolo para que no se escapara. ¡El libro Rojo! Encontré nuestro libro rojo.


Lo abro presa de la urgencia. Necesito leerlo, reconocerlo. –"Sos vos. Es verdad, sos vos"- Y me quedo en silencio, saboreando con los dedos, deleitándome con los ojos.


Lo abro al azar para dejar que el libro vuelva a hablarme. Y lo hace. Lo acaricio. Lo abro desde el comienzo como redescubriéndolo. Llego a la dedicatoria, y quedo pasmada. Redescubro un nuevo valor, de mi Libro Rojo, que reza así:


"A mi familia de origen


Chela, Elías y Cacho"


gracias a quienes soy."

¡Te lo dije!

Necesito un plumero. Un plumero grande, para borrar como se dice comúnmente, de un plumerazo, eso de "te lo dije". Frase que te arrincona y te deja estático.

Dejemos que nuestra cabeza vuelva a cualquier situación, donde nos encontremos con el "te lo dije". Padres diciéndolo, tíos diciéndolo, novios diciéndolo. Busquen por donde sea. ¿no es odiosa?

Situación X, donde en una charla alguien te advierte sobre algo que va a suceder. Me pregunto, y les pregunto: ¿qué tiene, la bola de cristal? ¿Cómo puede ser que el otro, que ni siquiera está metido en problema en cuestión, sepa que algo va a suceder de determinada manera? Pues parece que el único que no lo ve, es uno mismo. Parece que el otro por el mismísimo hecho de no estar prácticamente involucrado, ve algo que nosotros no vemos. Entonces nos advierte, nos aconseja, nos muestra eso que no vemos. Cuestión, nosotros vemos otra cosa, y con lo que vemos nos mandamos a actuar, a decidir. Nos metemos de lleno en el Hacer. Y hacemos. ¡Vaya si hacemos! Pero, gran problema: Hacemos y nos sale todo al revés de lo que pensamos. Hacemos y terminamos hasta el cuello. Entonces llega la sentencia del otro, ese que parecía tener la bola de cristal: "Te lo dije".

Detesto ese "te lo dije". Pero lleva toda la razón del mundo. Me lo dijo. Y si me lo dijo, tiene razón en repetírmelo. Pero el problema es que suena a dedo acusador. Detesto los dedos acusadores. Además uno queda en evidencia para con uno mismo: Si me lo dijo, ¿por qué demonios no hice lo que me dijo? ¿Orgullo herido? Tal vez, y lo detesto.

Siguiente: "¿no te lo dije?". Ahí estamos sintiéndonos los últimos en saber de algo o de alguien. Todos están hablando de algo, que uno no entiende. Se rien, hacen comentarios, opinan. Y uno está ahí como mirando un partido de tenis, pero creyendo que es un deporte desconocido. Intenta pescar el hilo de la conversación. Trata de pensar qué parte se perdió, si se quedó dormido y no se dio cuenta. Si lo que están diciendo puede aplicarse a algo que conoce o sabe. Pero aún cuando pone todo su esfuerzo intelectual, todo su esfuerzo mental, no logra entender bocado. La conversación está sucediendo justo frente a sus narices. Es más, lo están haciendo partícipe de la conversación, pero no entiende ni jota. Intentando no quedar como idiota, pregunta tímidamente: "¿de qué estamos hablando?" sintiendo que esa misma pregunta vendrá con la respuesta de que uno no entiende nada, y que en definitiva Es un Idiota. Y llega la odiosa frase: "ah! ¿no te lo dije?". Uno no era idiota, sino que era "el último orejón del tarro", el último en enterarse. Uno no sabía, pero Uno siente que le titila un cartel luminoso en la frente que reza: "Tonto".

Otra. Momento en que uno reconoce haberse equivocado. ¡Con lo que cuesta! Pero ahí está uno, reconociendo que se equivocó. Planteando el porque de su error, de su desliz. Con el ánima por los suelos, y con el corazón abierto. Sincerándose. Y ahí está el otro que escucha, y que cuando uno termina de desnudar sus defectos, lanza: "si bueno, pero yo te lo dije, ¿o no?". Agua fría por doquier y uno empapado. Maltrecho y empapado. Desnudo y empapado con esa agua fría. ¿No entiende, que sé que me equivoqué? ¿Me tiene que volver a resaltar mi error? Una vez más, titila el cartel: Idiota. Más dedos. Que para esta altura ¡son tantos!

Ultima. Cuando es uno quien dice: "te lo dije". Cambia el ángulo, pero lo detesto tanto como del otro lado. A uno le sale sin pensarlo. Se le despierta esa especie de Juez que uno lleva adentro. Porque vos le avisaste. Porque vos lo viste y le avisaste para que no cayera en la trampa. Porque vos viste algo, que el otro no estaba viendo, y quisiste advertirle, quisiste ayudarlo, quisiste avisarle, quisiste marcarle. Y el otro hizo la vista gorda. El otro ¿dónde estaba cuando le hablaste? Pareciera que ni se molestó en escucharte, y se mandó. ¿Para qué me preguntó, si iba a hacer cualquier otra cosa, restándole entidad a lo que veías? Detesto decirle a otro: "te lo dije". Una porque le estoy marcando un error, y detesto andar remarcando errores. Otra porque el otro no me escuchó. (egocentrismo total, pero cierto)

Lo único cierto, es que cada cual hace lo que puede con lo que tiene, de la mejor manera que pueda.

Ahí está. TE LO DIJE.

Dime qué comes, y te diré cómo está tu corazón

Cuando me encontré con Lucas (o me reencontré) habíamos planeado todo, durante un año. ¡Un año! Si. Íbamos a comer Milanesas con Puré. Era nuestra comida favorita, la de ambos. Esa tarde fuimos a comprar los cortes de carne, las papas, el pan rallado, en fin todo lo necesario para la gran cena. Era nuestra comida favorita, la de ambos. Ya teníamos algo en común. Yo iba a preparar las milanesas, y tenía un secreto para que fueran distintas. El iba a hacer el puré, y también tenía un secreto. Cocinamos juntos en la cocina que tenía yo. Cuando llegó el momento de incorporar a la preparación, el secreto, no tuve problemas en mostrárselo: -"agregás al pan rallado, un poco de queso de rayar"-. Cuando fue su turno, tampoco guardó su secreto: -"al puré cuando está listo, le agregás mayonesa"-. Y yo pensé: ¿puré con mayonesa? Y resultó, riquísimo.

Así fue como lentamente fuimos develándonos uno a uno, muchísimos secretos. Pero ese primer indicio, fue la llave de la puerta. No tardamos mucho en asociar las milanesas con puré con nuestro encuentro, y cada vez que queríamos vernos, simplemente decíamos: "Quiero Milanesa con puré". Fue una época feliz, donde yo me sentía llena de emoción y alegría, y amor. Fue mi corazón Milanesa con puré. Un corazón colmado de alegría. Poco después llegó una tormenta, nos distanciamos, nos peleamos, discutíamos y ya no nos encontrábamos a comer, y entonces mi corazón se transformó en Vacío con Papas. Esa fue nuestra siguiente comida descriptiva. La tristeza colmaba todo, y todo lo que teníamos se llenó de vacío. Vacío con papas era mi corazón: triste y sin Lucas.

Así fuimos haciendo de la comida, no sólo un hecho placentero, y motivo de encuentro, sino una auténtica carta de presentación de cómo estábamos nosotros. Tuvimos una época donde nos encontrábamos sólo esporádicamente, y sólo para disfrutar de esos instantes juntos, y ahí tan sólo nos acompañaban, trozos de quesos, jamones y un buen vino. En el silencio de la noche, entrada la madrugada, tirados en el piso, con la luna de cómplice y música sonando, comíamos lentamente, saboreando cada instante de nuestra compañía, cada instante del queso, del jamón, del vino, y de nuestros ojos mirando a los ojos del otro. Eran pequeños instantes de gloria, de profunda felicidad, pero escurridizos y breves. Entonces mi corazón, sólo deseaba queso y vino. Tenía agujeros, estaba añejado y teñido de tintes taninos. Mi corazón era vino y queso.

Cada vez que necesitábamos explicar algo que sentíamos, algo que pensábamos, algo a lo que no encontrábamos las palabras, nos remitíamos a ejemplos con la comida. Así cada vez que nos sentamos a hablar, hablamos de comida: como ejemplo, como instructivo, como forma de comunicar lo que de otra forma no tendría forma. El ejemplo más breve, es que cuando algo no nos gusta, simplemente nos alcanza con decir: "Sopa". Haciendo honores más a Mafalda que a nuestro propio gusto. Pero esa simple mención alcanza para que el otro entienda.

Así comprendí que nuestros hábitos alimenticios nos reflejan, reflejan exactamente como somos por dentro. Y más que eso, nos muestran cómo estamos, qué estamos sintiendo. Sólo tenemos que aguzar los ojos y vernos. Y empecé a mirar con ojos de chef.

Cuando yo estaba muy desorientada respecto a mi vida, y triste, comía Puré de Papas frío y blanco. Sin huevo, sin queso, y menos que menos, sin mayonesa. Y me sentaba con una cuchara en el piso y comía sólo puré. Algo simple, monótono, sin color. Así estaba mi corazón: Monótono y sin color, casi desabrido, y frío.

Ahora como más milanesas, pero con ensalada. Dejé el monótono puré. Ahora preparo ensaladeras enormes, colmadas de colores de varias verduras, que no tienen nada de desabridas. Es más, me he dado cuenta, que preparo la ensalada en fiel reflejo de cómo soy: primero una capa de zanahoria, que rayo enérgicamente. La pongo primero porque va desordenada, porque mientras rayo, salpico zanahoria para todos lados. Odio salpicar para todos lados. Entonces lo hago primero para ordenar el desastre. Después lavo la lechuga hasta sacarle brillo, hasta que no quede ni un puntito negro, y la corto prolijamente en tiras casi parejas, casi iguales. Voy formando prolijas capas. La lechuga limpia y en tiras parejas tapa entonces la desordenada zanahoria. Es como si dejara el desorden que fui, para dejar lugar a la limpia y ordenada. Zanahoria y lechuga. Después lavo los rojos tomates, rojos y jugosos, que corto en piezas triangulares que dejan ver el corazón del jugoso fruto. Y mi corazón es un Tomate. Finalmente saco las capas viejas y feas de una cebolla, lloro un poco con su ácido, y corto en pequeños trozos, para que no hagan mal. Desvisto la cebolla y sólo dejo lo mejor de ella. Y mi corazón también es esa Cebolla, que va sacando las capas feas, con algunas lágrimas, para desnudarse a lo mejor. Ensalada ordenada y colorida, como mi corazón.

Descubro entonces, que no sólo reflejamos lo que tenemos dentro cuando comemos, sino también cuando cocinamos: en el arte de elaborar, lo que en definitiva nos vamos a comer, lo que nos vamos a "meter" adentro. ¿Acaso ustedes, no se fijan qué van a meterse adentro? Cuando de comida se trata, seguramente no van a consumir algo vencido, o que huele mal, menos algo que no les gusta. Pero con la vida, con lo que "metemos" dentro de nuestro corazón, somos de los que consumimos y luego reclamamos. Se nos escapan las fechas de vencimiento, la elaboración.

Por ejemplo, mi abuela Angelita, cocinaba pulcramente. En su cocina, ni siquiera la harina en la tabla de amasar estaba desordenada. Prolija e inmaculadamente amasaba. Jamás llevaba una mancha en su delantal que ataba en una ceremonia dominical. Amasaba fideos y mientras lo hacía, nos contaba de su mamá, de su abuela. De cómo amasaban ellas, de cómo le habían enseñado. Y su corazón se volvía como la Masa: blanco y maleable; colmado de recuerdos que dejaba asomar en las manos. Para cortar las cintas de los fideos tenía un cuchillo especial y ponía los dedos de forma tal, que le servían de regla. No había una cinta más ancha que otra, ni menos desprolija. Así era ella. Prolija a ultranza. Sus fideos eran exquisitos, y su corazón eran los fideos, prolijos acomodados sobre la mesa de amasar, donde hablaba de sus antepasados, de su infancia. Corazón en Tiras.

A mi otra abuela, a Beba, jamás vas a sacarle una receta con medidas exactas. Sus explicaciones van acompañadas de las siguientes aclaraciones: "más o menos; un puñadito; a ojo; vos te vas fijando". Nunca te va a decir: "una cucharada, o una taza". No tiene ni usa medidas. Hace unas comidas exquisitas, pero nadie las puede copiar. Y así es su corazón, da sin medir. Y es único, intransferible. Y mi mamá tiene mucho de eso. También te da las recetas desordenadas y sin medidas, y cuando cocina le gusta hacerlo en la tranquilidad de la cocina, con la radio sonando de fondo, y sola. Y el corazón de mamá es así: Tiene música de fondo, a veces solitario, y también da sin medir.

Mi hermana, tema más que aparte. Vegetariana desde hace varios años. Comía verduras, cosas muy livianas, preocupada siempre por qué mezcla de comida hacemos. Defendiendo la liviandad en los alimentos. Su corazón era etéreo, liviano. Y parecía que siempre iba como "volando". A pesar de comer cosas que provenían de la tierra, le costaba quedarse en un solo lugar. Corazón Liviano y Movedizo. Ahora se está animando a echar raíces, a volverse un poco más terrenal, un poco más estable, y entonces empezó a comer carnes e incorporó cosas nuevas a su dieta. Y a su corazón. Corazón en Cambio, como sus gustos por la comida.

En la cocina también nos mostramos, mostramos nuestro corazón. Lo mismo pasa con lo que bebemos. Por ejemplo, los orientales tienen una ceremonia del té. Colmada de rituales, de silencio, de formas correctas y exactas de preparar el té y de beberlo. Y así son religiosamente. Toda su filosofía está colmada de largos silencios introspectivos, meditativos, ordenados, casi casi, rígidos. ¡Sus corazones son tan parecidos a la ceremonia del Té!

Yo por eso, del té, paso. Tomo mate. Ceremonial, con algunas "reglas" para hacerlo bien rico. Autóctono de nuestras raíces argentinas, aunque me quieran hacer creer que es uruguayo. Que se extiende a amigos, que te lleva a compartir charlas cuasi filosóficas, que te ayuda a ablandar a otro para que se anime a hablar de lo que le duele o le molesta. Que se comparte, por definición, pero que te lleva a lo profundo, al centro de uno. En el momento de hacer esa pausa para inspirar y pensar. Meterte adentro para encontrar lo que hay. Igual que con el mate, hago con el corazón. A veces, me molesta limpiarlo, pero adoro prepararlo, y tomarlo. Escucharme hacer ruido, indicándome que llegué al fondo, y que puedo volver a empezar. Y compartirlo sabrosamente. Mi corazón Mate.

Por eso compañeros de travesía, los desafío: Mírense cocinar para ver como está su corazón. Miren que están por "comer" ¿Tienen un corazón Puré de papas, o una ensaladera llena de verduras? Miren qué comen y qué toman, a lo mejor ven lo que no podían descubrir de otra forma, y entonces pueden cambiar. Cambiar un corazón Queso, por un corazón Té, o Mate, o un corazón Tomate.

¡Dime qué comes, cómo cocinas, y te diré cómo está tu corazón!

Busquen en las góndolas de la vida, hay muchísimas cosas diferentes. El diccionario dice que sazonar es tanto darle sazón a la comida como, poner las cosas en el punto y madurez que deben tener. ¡Sazonen sus corazones! Sean cautelosos, pero creativos. Pongan todo de ustedes.

Porque "Panza contenta, Corazón Lleno".

Infidelidad: De vos, nadie habla.

Existís, pero te evitan. Evitan hablar de vos. Porque por algún motivo, causás molestia. Porque por algún motivo, dolés.

Me refiero a la infidelidad en el amor, en la pareja. No a aquella que hace referencia respecto a una creencia religiosa. Ni siquiera a la infidelidad para con uno mismo. No. Yo me refiero, a la infidelidad que todos conocen como una fuerza devastadora, capaz de tumbar al más fuerte y seguro. A esa que cuando llega, parece no dejar nada en pie.

Curiosamente, suele ser un secreto de a dos, aunque implica a tres o cuatro personas, dependiendo de las circunstancias. Y puede llegar a ser un secreto de varios, si los comentarios o los ojos de otros han llegado hasta el "tesoro escondido". De una forma u otra, lo que no cambia es ley: el último en enterarse es el damnificado. Y cuando esto sucede, todo parece desaparecer ante ella.

La infidelidad arrasa con los sentimientos. Provoca dolor, depresión, incertidumbre e ira, entre otras. Puede venir acompañada de perdón, pero jamás de olvido. Puede transformar tu vida en un continuo asecho, colmado de incertidumbre y duda.

Inexorablemente termina por dejar una huella, una herida que, a pesar de cicatrizar, queda la marca.

Nadie habla de vos, porque si de vos se habla, algo malo sucede. O ya sucedió.

Nadie habla de vos, porque te temen. Porque no sos bienvenida. Porque en definitiva marcás que algo no anda bien. Sos el dedo índice acusador, el juez sentenciante de la pena de muerte.

¿Y a quien le gusta admitir, que algo no anda bien? ¿a quien le gusta saber de tu existencia, señalándonos un final, señalándonos un dolor?

Por eso, mejor de vos, No hablar.

Es más, ojalá, no existieras.


 

Recuento.

Me Culpa: Yo fui infiel, y me hago Responsable.

Me hago responsable de que a alguien engañé. Que a alguien le mentí. Nunca llegó a enterarse que lo engañaba, ni que yo le era infiel.

Esa parte de la cuestión me alivia la carga de escribir esto que escribo. De lanzar este hecho del anonimato, a la luz. Porque decidí, que de la infidelidad, también hay que hablar.

Fui infiel, engañé a alguien, pero por suerte, él nunca lo supo. Y este hecho (el que no lo supiera) no me alivió en aquél momento, ni me alivia ahora la carga de haberlo hecho. Me parece que el saber del otro, agrega dolor, pero no quita nada al hecho en sí. Uno siente que está al límite. Uno está pensando todo el tiempo qué decir, y cómo decirlo, para no quedar al descubierto. En definitiva, no sólo uno es infiel sino que además, se termina transformando en una máquina de pensar. De pensar mentiras. Entonces no sólo sos infiel, sino que además, sos un mentiroso. Y si encima, tenés la "desgracia" de que el otro se entere, terminás siendo también, un terrible desgraciado. (La mentira tiene patas cortas, nos guste o no)

Cuando uno es infiel, traiciona la confianza que el otro nos brindó. Y nadie, ni el más tirano y villano de los seres humanos, merece que traicionen su confianza. Porque siendo infiel, estás traicionando nada más y nada menos que la confianza del otro en vos. El otro, cree en vos. No como un Dios pagano. No. Cree en vos, en el ser humano que tiene frente a sí, que no hizo ninguna cosa milagrosa. Cree en vos, lisa y llanamente. Cree en que no vas a mentirle, ni a traicionarlo, y en lo posible, que no vas a herirlo.

Esta confianza, que algunos la dan con cuenta gotas, y atravesando varias pruebas, y que otros otorgan como un cheque a la vista, debería de ser cuasi sagrada. El otro confía en vos, se entrega, y cree en las cosas que le mostrás, que le decís, y que hacés. Pero vos, digamos que no sos del todo sincero, ni del todo confiable.

Yo no fui sincera, y menos aún confiable. El tiempo se encargó de que llegara una sentencia, de que terminara con aquella relación, y que entendiera cuánto daño pude haber hecho, aún cuando el otro no se enteró nunca de lo que hice.

No sé si fue castigo, o algo que tenía que pasar, para que en definitiva llegara hoy, hasta donde llegué. Puede ser un poco de ambas. Lo que sí tengo claro, es que de aquello aprendí. Ya no hablo de infidelidad, no porque no quiera, sino porque aprendí. No porque quiera evitar el tema, sino porque aprendí. La confianza del otro debe ser tan sagrada, como el sol que sale todas las mañanas. Y que crean en vos debería de ser un premio que atesorar, y no que pisotear.

Habrá muchas cuestiones a tener en cuenta, que nos pueden llevar o no a caer en la infidelidad. De uno u otro lado, puede haberlas. Yo me propuse que si las hay, ante todo hay que sincerarse. Hay que hablar, hay que poner todo sobre la mesa. Nos guste o no. Y por respeto al otro, soltarlo si fuera necesario, antes que engañarlo. Dolerá un montón, pero no más que ver dolorida a la otra persona, cuando ya sea tarde.

Carteras y Bolsos: Una cuestión Filosófica


Una tarde para la época de las fiestas, donde las calles están como si hubieran reventado varios hormigueros, salimos con una misión casi imposible: comprar los regalos de navidad. La empresa era divertida, pero lo divertido cedía su lugar a lo aburrido, pesado y problemático. Mucho calor, negocios atestados de gente decidiendo qué llevar, llevándose algo que no iban a comprar; colas interminables para entrar a ver qué había para llevarse, y gente llevándose lo primero que le ofrecían para no tener que soportar las filas y filas otros negocios, o en el mismo. En medio de semejante panorama, poco alentador y entretenido, sumábamos esfuerzos, Marina mi hermana, Lucas, Elías, Aitana y yo.

Acalorados por la temperatura ambiental, y la otra, caminábamos entre la marejada de gente que parecía ir contra nosotros (o nosotros íbamos contra la corriente de gente). Todo nos costaba el doble. Solucionamos un problema cuando llegamos a la casa de carteras "Doga". -"Mamá quería un bolso"- dijo mi hermana, y se hizo la luz ante un interrogante ¡¿qué le íbamos a regalar a mamá?!.

Habían visto un bolso deportivo de marca, en otro negocio. En las casas deportivas, los originales salían más que mucho, pero los que ellas habían visto, eran bien baratitos.
-"De esos no hay"- nos informó una vendedora, que venía de remarcar un par de precios. ¡Qué abuso!, pensé, pero seguí imbuida en la cruel tarea de elegir OTRO. La cuestión era, conseguirle un bolso. -"Uno que haga juego con sus zapatos azules"- dijo mi hermana. Buscamos alrededor, mientras Lucas subía unas escaleras para ver valijas. Después nos contó que donde subió era el depósito, y que en realidad no se podía subir. Travesuras de Peter Pan, pensé.
Seguíamos mirando carteras, ¡malditas carteras, malditos bolsos!. No veíamos ninguno que nos gustara. Que realmente nos gustara. ¿Es un regalo digno para una madre un bolso, que encima va a usar para ir de su casa a nuestras casas a cuidar a los niños? pregunta que a mi, me rondaba la cabeza dos o tres veces por minuto a medida que la vendedora, seguía sacando bolsos.


Salimos con 3 carteras y un bolso, Elías durmiendo en el coche, Aitana pidiendo upa, y muertos de hambre y sed. Parada obligatoria: un kiosco donde arrasamos heladeras y alfajores. Salimos rejuvenecidos, aunque cansados. Marina mira hacia adelante y ve justamente frente al kiosco, el mismísimo bolso que mamá había elegido, el día que salieron juntas.
-"Qué cosa!"- dijo mi hermana en voz alta. -"¡Mirá, es el bolso que quería mami!"- ante lo cual, mi hermana medita algo para sus adentros. Gira la cabeza y pregunta, me pregunta: -"¿cuál es la diferencia entre la casualidad y la causalidad?"-
Me vi obligada a pensar una respuesta correcta.
Dadas las circunstancias, a saber: calor, hambre, cansancio, hastío, gente, gritos, y ruidos, opté por un camino corto. No simple, pero si, corto. Y correcto.
-“A ver… casualidad quiere decir que, hagas lo que hagas, o dejes de hacer, lo que sea que dejes de hacer, o seas como seas, inexorablemente, algo puntual sucederá. Es creer que existe un destino escrito, algo que no puede cambiarse. En cambio la causalidad explica que, todos los hechos suceden como consecuencia de un hecho anterior. Todo responde a la ley de causa-efecto.” – y pensé inmediatamente, que había logrado lo que quería: Corto, sencillo y fácil.
Marina hizo un largo silencio. Siguió caminando mirando sus pies dar cada paso, como quien con cada pisada, mastica algo. Iba como masticando la explicación. Un largo silencio.
Me pareció estar en una película de suspenso, donde todos están esperando el hecho que provoque el salto. Y el salto vino. Se dio vuelta y me miró pensativa pero con una certeza abrumadora.
-“Ah! ¡Entonces, lo de los bolsos fue casualidad! Ahora entiendo.”-
Dí el salto y pensé – no entendió nada –
Marina no me había entendido a mi, o no entendió los conceptos, pero por su respuesta, entendí yo horrorizada, que mi hermana ¡CREE EN EL DESTINO!
Como creo que la primera opción es la verdadera, o sea NO ME ENTENDIO (será que me resisto a pensar que mi hermana cree en el destino) pensé que bien valía la pena una breve aclaración, casi para que nos sirva a todos, y a lo mejor por CAUSALIDAD, mi hermana lo lee, y entiende:

Casualidad VS. Causalidad

Es cierto que inconscientemente, o no, a hechos extraños, misteriosos y asombrosos, o que nos sorprenden, hasta a las coincidencias que parecen no tener una explicación lógica, las enmarcamos con un –“¡pero qué casualidad!”- cuando en realidad, tienen una explicación de su razón de ser. ¿Oculta tras algunos velos que debemos correr? Tal vez. Pero la tiene.
Basta posar nuestros ojos inquisitivos y preguntones para abrir esas puertas que parecen cerradas. Entonces deja de ser casualidad. Algo azaroso, hasta accidental.
Así vemos que, los hechos que coinciden o que hacen a la coincidencia, no son independientes, y escondida o no, hay relación causal entre ellos.
La casualidad queda aparte, se corre y deja lugar a otra cosa muy distinta, que es la Causalidad.
En términos simples, la causalidad esboza la ley de causa – efecto. Y esto no quiere decir otra cosa que: todo hecho, misterioso y sorprendente o no, tiene su razón de ser en otro hecho anterior, y a su vez será efecto de uno nuevo. Una serie de eslabones que van engarzándose, para formar una interminable e infinita cadena.
Así todo cuanto sucede viene de algo, e indefectiblemente se dirige hacia alguna parte. Nada es estático, ni rígido. Todo está por escribirse, y nadie más que nosotros, seremos los autores.
Así, sin casualidades y sí con causalidades, seremos responsables de nuestros propios destinos.

Responsables, entiéndase bien y archívese.
Si elige no serlo, a lo mejor su vida sí estará llena de casualidades.
Yo por mi parte ELIJO que esté llena de las otras.

Tal vez entonces, la próxima vez, piense y diga: “¡QUE CAUSALIDAD!”.


Acá les dejo algunas frases y refranes

“Las causas están ocultas. Los efectos son visibles para todos.”
Ovidio (43 AC-17) Poeta latino
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Quien siembra vientos recoge tempestades.
Refrán

“Cuanto más planifique el hombre su proceder, más fácil le será a la casualidad encontrarle.”
DURRENMATT, Friedrich

“Lo que llamamos casualidad no es ni puede ser sino la causa ignorada de un efecto desconocido.”
VOLTAIRE, François-Marie Arouet