Dime qué comes, y te diré cómo está tu corazón

Cuando me encontré con Lucas (o me reencontré) habíamos planeado todo, durante un año. ¡Un año! Si. Íbamos a comer Milanesas con Puré. Era nuestra comida favorita, la de ambos. Esa tarde fuimos a comprar los cortes de carne, las papas, el pan rallado, en fin todo lo necesario para la gran cena. Era nuestra comida favorita, la de ambos. Ya teníamos algo en común. Yo iba a preparar las milanesas, y tenía un secreto para que fueran distintas. El iba a hacer el puré, y también tenía un secreto. Cocinamos juntos en la cocina que tenía yo. Cuando llegó el momento de incorporar a la preparación, el secreto, no tuve problemas en mostrárselo: -"agregás al pan rallado, un poco de queso de rayar"-. Cuando fue su turno, tampoco guardó su secreto: -"al puré cuando está listo, le agregás mayonesa"-. Y yo pensé: ¿puré con mayonesa? Y resultó, riquísimo.

Así fue como lentamente fuimos develándonos uno a uno, muchísimos secretos. Pero ese primer indicio, fue la llave de la puerta. No tardamos mucho en asociar las milanesas con puré con nuestro encuentro, y cada vez que queríamos vernos, simplemente decíamos: "Quiero Milanesa con puré". Fue una época feliz, donde yo me sentía llena de emoción y alegría, y amor. Fue mi corazón Milanesa con puré. Un corazón colmado de alegría. Poco después llegó una tormenta, nos distanciamos, nos peleamos, discutíamos y ya no nos encontrábamos a comer, y entonces mi corazón se transformó en Vacío con Papas. Esa fue nuestra siguiente comida descriptiva. La tristeza colmaba todo, y todo lo que teníamos se llenó de vacío. Vacío con papas era mi corazón: triste y sin Lucas.

Así fuimos haciendo de la comida, no sólo un hecho placentero, y motivo de encuentro, sino una auténtica carta de presentación de cómo estábamos nosotros. Tuvimos una época donde nos encontrábamos sólo esporádicamente, y sólo para disfrutar de esos instantes juntos, y ahí tan sólo nos acompañaban, trozos de quesos, jamones y un buen vino. En el silencio de la noche, entrada la madrugada, tirados en el piso, con la luna de cómplice y música sonando, comíamos lentamente, saboreando cada instante de nuestra compañía, cada instante del queso, del jamón, del vino, y de nuestros ojos mirando a los ojos del otro. Eran pequeños instantes de gloria, de profunda felicidad, pero escurridizos y breves. Entonces mi corazón, sólo deseaba queso y vino. Tenía agujeros, estaba añejado y teñido de tintes taninos. Mi corazón era vino y queso.

Cada vez que necesitábamos explicar algo que sentíamos, algo que pensábamos, algo a lo que no encontrábamos las palabras, nos remitíamos a ejemplos con la comida. Así cada vez que nos sentamos a hablar, hablamos de comida: como ejemplo, como instructivo, como forma de comunicar lo que de otra forma no tendría forma. El ejemplo más breve, es que cuando algo no nos gusta, simplemente nos alcanza con decir: "Sopa". Haciendo honores más a Mafalda que a nuestro propio gusto. Pero esa simple mención alcanza para que el otro entienda.

Así comprendí que nuestros hábitos alimenticios nos reflejan, reflejan exactamente como somos por dentro. Y más que eso, nos muestran cómo estamos, qué estamos sintiendo. Sólo tenemos que aguzar los ojos y vernos. Y empecé a mirar con ojos de chef.

Cuando yo estaba muy desorientada respecto a mi vida, y triste, comía Puré de Papas frío y blanco. Sin huevo, sin queso, y menos que menos, sin mayonesa. Y me sentaba con una cuchara en el piso y comía sólo puré. Algo simple, monótono, sin color. Así estaba mi corazón: Monótono y sin color, casi desabrido, y frío.

Ahora como más milanesas, pero con ensalada. Dejé el monótono puré. Ahora preparo ensaladeras enormes, colmadas de colores de varias verduras, que no tienen nada de desabridas. Es más, me he dado cuenta, que preparo la ensalada en fiel reflejo de cómo soy: primero una capa de zanahoria, que rayo enérgicamente. La pongo primero porque va desordenada, porque mientras rayo, salpico zanahoria para todos lados. Odio salpicar para todos lados. Entonces lo hago primero para ordenar el desastre. Después lavo la lechuga hasta sacarle brillo, hasta que no quede ni un puntito negro, y la corto prolijamente en tiras casi parejas, casi iguales. Voy formando prolijas capas. La lechuga limpia y en tiras parejas tapa entonces la desordenada zanahoria. Es como si dejara el desorden que fui, para dejar lugar a la limpia y ordenada. Zanahoria y lechuga. Después lavo los rojos tomates, rojos y jugosos, que corto en piezas triangulares que dejan ver el corazón del jugoso fruto. Y mi corazón es un Tomate. Finalmente saco las capas viejas y feas de una cebolla, lloro un poco con su ácido, y corto en pequeños trozos, para que no hagan mal. Desvisto la cebolla y sólo dejo lo mejor de ella. Y mi corazón también es esa Cebolla, que va sacando las capas feas, con algunas lágrimas, para desnudarse a lo mejor. Ensalada ordenada y colorida, como mi corazón.

Descubro entonces, que no sólo reflejamos lo que tenemos dentro cuando comemos, sino también cuando cocinamos: en el arte de elaborar, lo que en definitiva nos vamos a comer, lo que nos vamos a "meter" adentro. ¿Acaso ustedes, no se fijan qué van a meterse adentro? Cuando de comida se trata, seguramente no van a consumir algo vencido, o que huele mal, menos algo que no les gusta. Pero con la vida, con lo que "metemos" dentro de nuestro corazón, somos de los que consumimos y luego reclamamos. Se nos escapan las fechas de vencimiento, la elaboración.

Por ejemplo, mi abuela Angelita, cocinaba pulcramente. En su cocina, ni siquiera la harina en la tabla de amasar estaba desordenada. Prolija e inmaculadamente amasaba. Jamás llevaba una mancha en su delantal que ataba en una ceremonia dominical. Amasaba fideos y mientras lo hacía, nos contaba de su mamá, de su abuela. De cómo amasaban ellas, de cómo le habían enseñado. Y su corazón se volvía como la Masa: blanco y maleable; colmado de recuerdos que dejaba asomar en las manos. Para cortar las cintas de los fideos tenía un cuchillo especial y ponía los dedos de forma tal, que le servían de regla. No había una cinta más ancha que otra, ni menos desprolija. Así era ella. Prolija a ultranza. Sus fideos eran exquisitos, y su corazón eran los fideos, prolijos acomodados sobre la mesa de amasar, donde hablaba de sus antepasados, de su infancia. Corazón en Tiras.

A mi otra abuela, a Beba, jamás vas a sacarle una receta con medidas exactas. Sus explicaciones van acompañadas de las siguientes aclaraciones: "más o menos; un puñadito; a ojo; vos te vas fijando". Nunca te va a decir: "una cucharada, o una taza". No tiene ni usa medidas. Hace unas comidas exquisitas, pero nadie las puede copiar. Y así es su corazón, da sin medir. Y es único, intransferible. Y mi mamá tiene mucho de eso. También te da las recetas desordenadas y sin medidas, y cuando cocina le gusta hacerlo en la tranquilidad de la cocina, con la radio sonando de fondo, y sola. Y el corazón de mamá es así: Tiene música de fondo, a veces solitario, y también da sin medir.

Mi hermana, tema más que aparte. Vegetariana desde hace varios años. Comía verduras, cosas muy livianas, preocupada siempre por qué mezcla de comida hacemos. Defendiendo la liviandad en los alimentos. Su corazón era etéreo, liviano. Y parecía que siempre iba como "volando". A pesar de comer cosas que provenían de la tierra, le costaba quedarse en un solo lugar. Corazón Liviano y Movedizo. Ahora se está animando a echar raíces, a volverse un poco más terrenal, un poco más estable, y entonces empezó a comer carnes e incorporó cosas nuevas a su dieta. Y a su corazón. Corazón en Cambio, como sus gustos por la comida.

En la cocina también nos mostramos, mostramos nuestro corazón. Lo mismo pasa con lo que bebemos. Por ejemplo, los orientales tienen una ceremonia del té. Colmada de rituales, de silencio, de formas correctas y exactas de preparar el té y de beberlo. Y así son religiosamente. Toda su filosofía está colmada de largos silencios introspectivos, meditativos, ordenados, casi casi, rígidos. ¡Sus corazones son tan parecidos a la ceremonia del Té!

Yo por eso, del té, paso. Tomo mate. Ceremonial, con algunas "reglas" para hacerlo bien rico. Autóctono de nuestras raíces argentinas, aunque me quieran hacer creer que es uruguayo. Que se extiende a amigos, que te lleva a compartir charlas cuasi filosóficas, que te ayuda a ablandar a otro para que se anime a hablar de lo que le duele o le molesta. Que se comparte, por definición, pero que te lleva a lo profundo, al centro de uno. En el momento de hacer esa pausa para inspirar y pensar. Meterte adentro para encontrar lo que hay. Igual que con el mate, hago con el corazón. A veces, me molesta limpiarlo, pero adoro prepararlo, y tomarlo. Escucharme hacer ruido, indicándome que llegué al fondo, y que puedo volver a empezar. Y compartirlo sabrosamente. Mi corazón Mate.

Por eso compañeros de travesía, los desafío: Mírense cocinar para ver como está su corazón. Miren que están por "comer" ¿Tienen un corazón Puré de papas, o una ensaladera llena de verduras? Miren qué comen y qué toman, a lo mejor ven lo que no podían descubrir de otra forma, y entonces pueden cambiar. Cambiar un corazón Queso, por un corazón Té, o Mate, o un corazón Tomate.

¡Dime qué comes, cómo cocinas, y te diré cómo está tu corazón!

Busquen en las góndolas de la vida, hay muchísimas cosas diferentes. El diccionario dice que sazonar es tanto darle sazón a la comida como, poner las cosas en el punto y madurez que deben tener. ¡Sazonen sus corazones! Sean cautelosos, pero creativos. Pongan todo de ustedes.

Porque "Panza contenta, Corazón Lleno".

1 comentario:

  1. Brillante, Lauri. ¡Es tan así!
    Me gustó el juego de ausencia del amado - vacío al horno con papas.

    Besos.

    Vero

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